Desde hace muchos años soy un lector asiduo de La Silla Vacía. Me gusta su trabajo, incluso cuando muchas veces no coincido con su punto de vista. Y quizá precisamente por eso sigo leyéndolos.
En lo personal, procuro alejarme del algoritmo que valida automáticamente prejuicios, sesgos y creencias. Esa es una realidad inevitable para quienes vivimos inmersos en las redes sociales buscando información y noticias. Las plataformas suelen ofrecernos contenido diseñado para confirmar lo que ya pensamos, no para desafiarnos.
Por eso intento leer a diario medios que me incomodan intelectualmente, que cuestionan aquello que naturalmente doy por sentado. Es una forma de buscar argumentos sólidos que me permitan cambiar de opinión o, al menos, poner a prueba la supuesta certeza de mis convicciones.
Entiendo que para muchos ese ejercicio resulta difícil. Lo cómodo suele ser escuchar y leer únicamente a quien piensa igual, evitando así la tensión del desacuerdo. Es una postura respetable, aunque imposible de asumir para quienes creemos que el debate, la confrontación de ideas y la discrepancia son indispensables para una sociedad sana.
En ese contexto, La Silla Vacía hace periodismo. A algunos les parecerá bueno; a otros, malo. Así funciona la libertad de prensa: cada ciudadano decide cómo consume y evalúa la información. Pero una cosa es indiscutible: incomodar no es un defecto del periodismo, muchas veces es su razón de ser.
También merece reconocimiento la decisión de Juanita León de apostar por un sector económicamente complejo como el de los medios de comunicación y sostenerlo en el tiempo. En una industria marcada por la incertidumbre financiera, persistir exige convicción, disciplina y una profunda vocación.
Afirmar que proyectos como este existen únicamente para “hacer política” es una simplificación superficial. Solo quien cree genuinamente en el valor del periodismo está dispuesto a comprometer recursos personales en una empresa cuya rentabilidad rara vez compensa el esfuerzo invertido. El verdadero éxito, muchas veces, consiste apenas en ser sostenible y no operar a pérdida.
Estoy convencido de que La Silla Vacía nació para hacer periodismo y se mantiene fiel a esa misión gracias a un equipo de personas que aman su oficio. Y en tiempos donde abundan la propaganda, el ruido y la complacencia, eso ya merece respeto.


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